Saludo del Obispo

            Con mucho agrado quiero expresar ante vosotros mi afecto sincero y pleno apoyo. Acompañaros de algún modo, y desde muy cerca, junto a vuestros Consiliarios, a los Hermanos Mayores y a todos los que hacen posible el cumplimiento de vuestros fines y compromisos de fieles cristianos asociados.

            1º. Sabéis que el fin primordial de nuestras querida Madre la Iglesia es ser SACRAMENTO DE JESUCRISTO, sacramento de encuentro con Dios. La Iglesia es la prolongación en el tiempo y hasta el final de los siglos del Verbo Encarnado, de Jesucristo Hijo de Dios. Es la misma presencia del Señor entre nuestros que continua curando, acogiendo, enseñando, perdonando, santificando. La misión de la Iglesia no es otra que mostrarnos a Cristo, llevarnos a Él, comunicarnos su gracia.

            Leemos en el compendio del Catecismo de la Iglesia Católica que: “La Iglesia es el PUEBLO DE DIOS porque Él quiso santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sino constituyéndolos en un solo pueblo, reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (n. 153).

 

            Si este es el fin de la Iglesia, sus instituciones eclesiásticas, entre ellas las HERMANDADES Y COFRADÍAS, no pueden tener un fin distinto del de la propia Iglesia. Ellos también deben ser para el Pueblo de Dios, para todos los bautizados y de forma especial para sus miembros sacramento de Jesucristo, sacramento de encuentro con Dios, camino de vida cristiana, de ayuda mutua para el encuentro con el rostro vivo y salvador de Jesucristo.

            2º. Toda Hermandad y Cofradía debe arbitrar para ello, con realismo, constancia y hasta con imaginación, caminos que conduzcan a una formación progresiva en la fudamentacion de la fe de sus miembros, en el descubrimiento progresivo de su eclesialidad y comunión con toda la comunidad parroquial, arciprestal, diocesana y universal. Deben, por ello los Hermanos Mayores, con el apoyo de sus Consiliarios,  estimular a los cofrades en el cumplimiento de su compromiso apostólico laical o seglar para anunciar y manifestar a Jesucristo con palabras y obras.

            Además, toda Hermandad y cofradía no puede echar en saco roto su compromiso de caridad y amor que debe traducir y concretar acciones concretas.

            Este es el núcleo más profundo de cualquier asociación eclesial, junto al especifico y propio del culto a una imagen, fiesta religiosa y tradicional siempre impregnadas de raíces cristianas muy profundas.

            ¡Que los miembros de esa vuestra querida Cofradía sean verdaderos testigos del Evangelio de Jesucristo. Que den testimonio del amor de Dios con su oración, obras y palabras!.

 

            3º. Con peculiar interés os exhorto, como fieles cristianos asociados e incluso a nivel individual, para que afrontéis de alguna forma una reflexión serena y llena de esperanza sobre la FAMILIA y lo que representa para el futuro de la Iglesia y de la sociedad.

            Saben que la correcta relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo a partir de ella se encuentran respuestas validas y ciertas. El matrimonio como institución no es una injerencia indebida a la sociedad o una forma impuesta desde fuera, sino una exigencia intrínseca del pacto del amor conyugal.

            No se trata de normas que pueden contemplarse por mayorías sino de verdades que conciernen al bien de la persona y de la sociedad, que brotan de forma certera desde la propia naturaleza.

            Es un grave error oscurecer y devaluar hasta la manipulación interesada el valor y las funciones de la familia, fundada en el matrimonio.

            4º. Esta es la tarea irrenunciable, con fieles bautizados y asociados que, pone en vuestras manos el mismo Señor Jesucristo que cuenta con nosotros. Se trata, además, de una tarea irrenunciable y urgente como nos recuerda el Papa Benedicto XVI en su reciente Encíclica “Dios es Amor” como escribe: “El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial y esto en todas sus dimensiones” (n. 20).

            Os encomiendo a nuestra Madre la Virgen Maria bajo el Titulo de Nuestra Señora del Rosario, advocación tan querida y venerada en vuestra Hermandad.

            Cuando celebramos los misterios de nuestra salvación, participamos de la liturgia eterna en el cielo que la celebran los ángeles, los santos de la Antigua y Nueva Alianza, en particular la Madre de Dios, los Apóstoles, los Mártires y “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar de toda nación, raza, pueblos y leguas” (Ap. 7,9), como nos enseña también el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (cf. N. 234).

            Con mi saludo y bendición en el Señor.

Ramón del Hoyo López  –  Obispo de Jaén

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