El 16 de octubre de 2003, Juan Pablo II sorprendía a la Iglesia con un regalo: su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, con motivo’ del ciento veinte aniversario de la encíclica Supremi apostolatus de León XIII, del cuarenta aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, y al comenzar el año veinticinco de su pontificado. Manifestaba su predilección por el Rosario, que lo acompañó toda su vida, y proclamó el primér «Año del Rosario» de la historia de la Iglesia: de octubre de 2002 a octubre de 2003. Pero, sobre todo, añadía una «parte» a las tres históricas del Rosario: los <misterios de luz~~.

La carta apostólica no tiene la categoría de encíclica, pero sus decisiones revolucionaron el mundo del Rosario: respetando los tradicionales misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, Juan Pablo II añadió los misterios luminosos: «Considero oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo hasta la Pasión. En efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especialcomo misterio de luz: Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo (Jn 9, 5). Para que pueda decirse que el Rosario es más plenamente compendio del Evangelio, es conveniente, pues, que tras haber recordado la encarnación y la vida oculta de Cristo (misterios de gozo), y antes de considerar los sufrimientos de la pasión (misterios de dolor) y el triunfo de la resurrección (misterios de gloria), la meditación se centre también en algunos momentos particularmente significativos de la vida pública (misterios de luz) (n. 19). Y, en concreto, éstos son los misterios luminosos que Juan Pablo II propuso: «1.° Su Bautismo en el Jordán; 2. Su autorrevelación en las bodas de Caná; 3.° Su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4.9 Su Transfiguración; 5.° Institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual» (n. 21).

No es nueva en la Iglesia la idea de renovación del Rosario, con la propuesta de nuevos misterios. Más arriba recordábamos que a finales del siglo XV, el dominico Félix Frabri proponía ampliar a cuatro las «cincuentenas» del Rosario. Además de las ya entonces habituales —que han llegado hasta el siglo XXI— proponía cinco misterios de la vida pública de Jesús: bautismo en el Jordán, tentaciones en el desierto, elección y vocación de los discípulos, enseñanzas y milagros, institución de la Eucaristía. Algunos misterios coinciden plenamente con los propuestos por Juan Pablo II. Y el objetivo es el mismo. En 1969, el gran mariólogo dominico fray Marceliano Llamera, en el número 39 de la revista por él fundada Teología Espiritual (8, 1969), se hacía eco de esta inquietud generalizada: «Son muchos —decía— los autores que denuncian como insuficiente el contenido evangélico de los quince misterios. Se echa de menos en él la vida oculta y, sobre todo, la vida pública de Jesús. Faltan misterios tan importantes como el Bautismo de Jesús, la Transfiguración y hasta el sumo misterio de la Cena. Faltan incluso misterios marianos tan importantes como las Bodas de Caná… (pág. 344). Están claras las coincidencias de objetivo y de formulación de los misterios. Lo que en los siglos XV o XX eran sugerencias, desde el 16 de octubre de 2002 es una propuesta formal con la suma autoridad pontificia. El Rosario, en adelante, pierde su correlación numérica con los 150 Salmos de David, que lo hacían «Salterio de María» para, a lo largo de sus veinte misterios, ser un más completo «compendio del Evangelio».