Saluda del Obispo

«¿No ardía nuestro corazón mientras caminaba con nosotros

por el camino y nos explicaba las Escrituras?»

(Lc. 24, 32)

Mis queridos cofrades de la diócesis del Santo Reino:

Transcurridos los días santos de la Pasión del Señor, nos encontramos inmersos en el tiempo gozoso de la Pascua de Resurrección. Como cada año, a través de vuestros boletines y publicaciones, os envío mi mensaje de Pascua. Recibidlo como un testimonio de mi cercanía y aprecio, pero sobre todo como una palabra de aliento en el crecimiento de vuestra vida cristiana. Vida que es tal si todos nos dejamos acompañar por Jesús que se hace el encontradizo en el transcurrir de nuestros días.

Este año ha sido un tiempo de especial significación para la diócesis: el Año Jubilar de la Santísima Virgen de la Cabeza, ya a punto de concluir, y la beatificación del Siervo de Dios Manuel Lozano Garrido, que se celebrará el próximo mes de junio, son dos signos de especial bendición de Dios sobre esta porción del Pueblo de Dios que «camina entre olivares», y que se esfuerza día a día en responder con mayor ahínco a la gracia de Dios que se derrama sobre nosotros cada día. Este don es posible gracias al ministerio de los sacerdotes que os acompañan, por eso quiero poner especial atención en el saludo de este año –año, también, jubilar para todos los sacerdotes de la Iglesia- a la presencia e importancia de los hermanos sacerdotes que os acompañan como Consiliarios, tratando de hacer presente en las vidas de vuestras Cofradías y Hermandades el mensaje y la presencia de Jesús.

El relato de los dos caminantes de Emaús que nos cuenta san Lucas en su evangelio (24, 13-15) nos servirá de hilo conductor de esta reflexión. Si lo leéis atentamente, os daréis cuenta de que es una escena encantadora. Quizá, la más bella de las narraciones de aparición de Jesús resucitado. Sugiere un doble camino para encontrarnos con el Señor: La Palabra y la Eucaristía. Son dos lugares privilegiados donde Jesús se hace el encontradi­zo; en ambos podemos hallarlo, como los discípulos de Emaús.

Jesús se hace presente por la Palabra a los caminantes desconocidos. «Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos». Les explicó las Sagradas Escrituras y «comenzó a arder su cora­zón» (Lc 24,32), terminando por reconocerlo. ¿No es esa también nuestra propia historia? ¿No nos hemos sentido animados después de una lectura atenta de la palabra del Señor, de una homilía escuchada al sacerdote, de una charla de formación…?

Cuando nos acercamos con sencillez a escuchar la Palabra de Dios, o ponemos atención a quien nos la está explicando, creyendo que es el Espíritu Santo el que nos habla, encontramos respuesta a nuestros proble­mas, luz y calor; en una palabra, vida.

Queridos cofrades, quisiera deciros en tono familiar que «la Palabra de Dios no es un postre, sino una comida fundamental que ne­cesitamos todos los días». De un postre podemos prescindir, pero de una comida básica no. Por ello, ninguna actividad de vuestras Hermandades puede prescindir de la escucha litúrgica, o privada, de la Sagrada Escritura, aunque sea breve. Allí Dios se manifiesta, se hace presente. Si la escuchamos debida­mente nos transforma.

Es más, para llegar a ser creyentes, el medio más nor­mal es precisamente el escuchar la palabra de Dios. «La fe viene de la predicación; y la predicación por la Palabra de Cristo» (Rm. 10,17), dice San Pablo. Muchos hom­bres de nuestros días, sobre todo los jóvenes, no tienen quién les lleve esta Palabra. Ni padres, ni educadores, ni la sociedad la transmite. ¿Cómo va a brotar en ellos la fe? ¡Qué importante es que las Cofradías y Hermandades pidáis a vuestros Consiliarios una mayor y abundante explicación de la Palabra de Dios, que vuestras reuniones con jóvenes giren en torno al mensaje de Jesús! porque allí donde unos hombres y mujeres escuchen con asi­duidad y saboreen la Palabra, el divino caminante se hará presente y responderá a sus interrogantes y clarificará sus problemas, porque por su medio sigue hablando.

El evangelista nos recuerda otra manera de hacerse presente Jesús: En el gesto de la Eucaristía. Los dos dis­cípulos camino de Emaús lo reconocieron en sus manos, en los gestos de coger el pan, partir el pan, repartir el pan. Partir y repartir era lo propio de Jesús. También nosotros podemos reconocer a Jesús en esos gestos; aunque no le hayamos visto con nuestros ojos ni tocado con nuestras manos, tenemos siempre el camino abierto para recono­cerle en ese gesto familiar. Gesto que repiten los sacerdotes cada día al celebrar la Santa Misa.

Este gesto está preñado de sentido. Habla de solidari­dad, de fraternidad, ante los pobres y las víctimas de este mundo, y que era verdad que él había resucitado. «La Eucaristía es la gran escuela del amor fraterno. Quienes comparten frecuentemente el pan eucarístico no pueden ser insensibles ante las necesidades de los hermanos, sino que deben comprometerse en construir todos juntos, a través de las obras, la civilización del amor. La Eucaristía nos conduce a vivir como hermanos; sí, la Eucaristía nos reconcilia y nos une; no cesa de enseñar a los hombres el secreto de las relaciones comunitarias y la importancia de una moral fundada sobre el amor, la generosidad, el per­dón, la confianza en el prójimo, la gratitud. En efecto, la Eucaristía, que significa acción de gracias, nos hace com­prender la necesidad de la gratitud; nos lleva a entender que hay más alegría en dar que en recibir; nos impulsa a dar la primacía al amor en relación con la justicia, y a saber agradecer siempre, incluso cuando se nos da lo que por derecho nos es debido» (Juan Pablo II en el Congreso Eucarístico Internacional de Sevilla).

La Eucaristía es un camino que nos lleva a Cristo y a los hermanos. Hay que intentar vivir el encuentro sema­nal con Cristo como algo verdaderamente trascendental para nuestra vida cristiana, que deje un sello indeleble, la misma impresión que dejó el encuentro con Cristo a los discípulos de Emaús. Esto sucederá si consideramos la Eucaristía como un encuentro deseado y vivido. Cualquier parecido del relato evangélico de hoy con la vivencia de gran parte de los cristianos, es pura coincidencia. Los motivos por los que se viene a celebrar la Eucaristía son muy pobres, olvidando que debemos venir porque es fundamental­mente un encuentro con Cristo y con los hermanos en la fe.

Si nuestras Eucaristías no son vividas desde esta ópti­ca, serán rutinarias y no servirán para nada. La Eucaristía dominical tiene que reanimarnos, darnos aliento y coraje para toda la semana. La tarea del que ha encontrado a Cristo en la Palabra y en la Eucaristía es precisamente ser testigo de lo que ha visto, oído y experimentado; testigos de que Jesús vive. Cleofás y su compañero vuelven a Jerusalén para dar tes­timonio. El que ha encontrado a Cristo necesita decirlo. Los cofrades están llamados a proclamar que Cristo sigue vivo y que es posible encontrarse con Él. Por eso, al igual que los discípulos que «se levantaron al momento» porque no podían callar, también al Cofrade le tiene que estar quemando el alma. Tiene que hablar, convirtiéndose así en testigo de la resurrección. ¡Ojala nos pase a los cristianos algo semejante después de cada encuentro con el Señor en la Eucaristía! La alegría de saber que Cristo ha resucitado y que está con nosotros tenemos que irradiarla y difundirla en el mundo. Este es un quehacer capital.

Lo sucedido con los discípulos lo celebramos nosotros en cada Eucaristía por medio del ministerio de los presbíteros, por eso tenéis que pedir al Señor que no falten a la Iglesia sacerdotes santos que sigan haciendo presente al Señor en medio de vosotros. En esta línea os lanzo el siguiente reto: ¿podrían los jóvenes cofrades plantearse la vocación sacerdotal o religiosa? ¡Ojala que la Cofradías y Hermandades de esta querida diócesis de Jaén fueran un semillero de vocaciones al sacerdocio, para que no falten nunca hombres de corazón entero que entreguen su vida al Señor por la salvación de sus hermanos!

Que la Santísima Virgen nos alcance a todos esta particular gracia. A ella, Madre de Cristo y de la Iglesia, os encomiendo.

Con mi bendición.

X RAMÓN DEL HOYO LÓPEZ

OBISPO DE JAÉN

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