Parte del pregón dedicada a la VIRGEN DEL ROSARIO

            Cinco chicotás con arte y sentimiento. Muy suave, para que la mecida del paso no despeine tu cabello y para que la sonrisa se haga eterna a tu paso. Una voz ronca se escapa al golpe seco del llamador y el esparto de un rancio costal se pega a la trabajadera con la intención de no separarse jamás. De estar bajo tu manto por siempre. Al unísono, como la mejor de las orquestas y la más precisa tecnología, el paso se eleva al cielo y la Señora, se arrima a un paraíso que deja por unas horas para ejercer de Reina entre siervos que la adoran.

            Agua bendita corre por las frentes de unos costaleros, pues no es sudor lo que de su cuerpo emana. El corazón y el alma lloran en una confusión sentimental difícil de explicar con palabras. Son lágrimas por sentirse pecadores y sin embargo, se tornan en emoción al saberse perdonados.

            Por más que cuentes en la trabajadera, sólo encontrarás una espalda, dos brazos, dos pies, un alma, y 25 corazones. Corazones que bombean al unísono un sentimiento hecho arte al ritmo de “Campanilleros”. Corazones que pasean con gracia a la Madre de Dios. Corazones que rezan con un costal y un Rosario.

Capataces, costaleros:

formad una sola cuadrilla

para esa flor sin macilla

que refulge entre luceros,

y que enseñó a los romeros

a desgranar el Rosario

de sus lágrimas, Relicario.

Rosario de la dulce mirada

la de la verdad sencilla,

majestad dominica

del barrio de La Alcantarilla.

            Madre Dominica, te dejo para la última aunque bien sabes que para mí siempre serás la primera. Concluido el verano iniciamos el curso con propósito de enmienda y buenas intenciones y, entonces, esperas nuestra visita. Los nazarenos dominicos gozamos de la Gloria por verte feliz, sin llanto, y por presentarnos a tu Hijo, Padre Nuestro, que en gesto de inocente triunfo, vence las espinas y desagravios, y extiende su clámide púrpura en forma de manto, para hacer de su caña un centro de mando.

            Costalero del Hijo de Dios cada Domingo de Palmas en primavera, eres Tú Madre, la que llegado el otoño llama a mi presencia, para que al menos, por unas horas, sean mis pies los tuyos. Escondo mi cara para que sólo se vea la tuya y en la oscuridad del paso siento que te toco, escucho tus palabras, tus consejos y, curiosamente, al salir, mi cuerpo dolorido es reconfortado por un espíritu renovado.

            Entre filigranas, los costaleros mecen a su patrona pues sólo Ella reúne a hombres llegados de cuadrillas de Pasión y Gloria para fundirse en una. Al frente, capataces que en su día fueron costaleros y que ahora son los ojos de aquellos que cegados por el amor entregan su fuerza y su cuerpo a un cansancio incomprendido en una sociedad del bienestar y del mínimo esfuerzo.

            Porque cada chicotá se convierte en misterio, porque cada revirá es letanía y porque sólo Tú eres causa de nuestra alegría.

            Misterios gozosos por sentir tu protección, fruto de un amor sin fin y sin condiciones.

            Misterios dolorosos por ver tu sollozo en la soledad y sentirnos incapaces de sofocar una pena que se clava como un puñal en nuestro costal.

            Misterios de luz, Tú que iluminas la oscuridad y que dejas huérfano al firmamento cuando es nuestro lamento el que clama caridad.

            Misterios gloriosos, coros celestiales que cantan tu Reinado y evocan nanas en la noche cerrada. Noche de Gloria, noche soñada.

Un monasterio de clausura

templo de rezo y contemplación

es cobijo de tu hermosura

hasta el día de la procesión.

Madre de la Divina Gracia,

refugio de pecadores

y Reina de confesores,

que llenos de nostalgia

encuentran en un trono de sabiduría

el espejo de justicia

que calme su tormentosa vida.

Madre del Creador,

Vaso espiritual y honorable,

con el que saciar la sed

de un joven pecador

que, en un momento despreciable,

negó tu protección

y, ahora, afligido,

clama compasión.

Puerta del cielo, Madre Inmaculada,

que con tu intercesión Bienaventurada

pueda ver a nuestro Señor

en cada madrugada 

y, al alba,

seas Tú Rosario

quien me dé amparo

en lo más alto del campanario.

Juan Luis Plaza Díaz