Las Cofradías, ¿preocupación o esperanza?

Saludo del Obispo a todas las Cofradías:

Penitenciales, Marianas y Patronales

en el Año 2004

Mis queridos Cofrades:

Agradezco vuestra deferencia al concederme cada año las pri­meras páginas de los Boletines introductorios a vuestras celebracio­nes principales. Al dirigirme a vosotros desde estas líneas pretendo, sobre todo, mantener viva esa relación que debe unir, en la sencillez y en el afecto, al Obispo y a las Cofradías y Hermandades. Al mismo tiempo, a través de estos escritos podemos compartir preocupacio­nes, orientaciones y proyectos que nos afectan como miembros de la misma Iglesia diocesana.

Algunas veces me preguntan si las cofradías son una «preocu­pación» para el Obispo, o si constituyen un motivo de «esperanza» en el desarrollo de la acción pastoral y de la vida de nuestra Iglesia giennense.

Mi respuesta siempre une ambos extremos porque, en principio, no son alternativos, no se contraponen. ¿Qué se podría decir de los hijos en la familia? ¿Que son preocupación o que son esperanza? Para los padres sensatos, esta pregunta en forma disyuntiva no tendría lugar. Los hijos, como integrantes de la familia, tienen derecho a reci­bir de los padres la atención adecuada a los diversos momentos de su evolución y crecimiento. En ese sentido, los hijos constituyen la pri­mera preocupación que los padres viven con verdadero interés movi­dos por el amor. El Obispo es Pastor y Padre de todos los miembros de esta gran familia diocesana. Por tanto debe sentir como propias, y debe tratar con afecto paternal las necesidades y riesgos de las personas y de las instituciones integradas en la Iglesia particular que el Señor le ha encomendado. El cumplimiento de esta responsabilidad hace más cercana y sólida la relación pastoral entre el Obispo y las Cofradías y Hermandades. Todos coincidimos en que los problemas no son apetecibles y que ocasionan a veces momentos difíciles. Pero, al mismo tiempo somos testigos de que afrontar juntos y con buen ta­lante las situaciones incómodas que se dan en la familia, propician el acercamiento entre esposos y entre padres e hijos, y ayudan a crecer cada uno en la propia condición. El diálogo sencillo y sincero abre a la mutua confianza que es la puerta de toda colaboración.

El buen educador no se mantiene al margen de los educandos mientras no aparecen importantes problemas. Por el contrario, procu­ra una relación continuada compartiendo con toda naturalidad el acon­tecer diario. Del mismo modo el ejercicio de la responsabilidad pastoral lleva al Obispo y al presbítero a prestar atención y a mantener una relación fluida con las personas e instituciones confiadas a su cuida­do. En razón de ello corresponde al Obispo, a los presbíteros y a los Cofrades verdaderamente responsables, promover las estructuras y aprovechar las ocasiones que puedan propiciar un diálogo confiado y permanente con los feligreses y con las instituciones eclesiásticas parroquiales o diocesanas. De este diálogo surge el buen entendimien­to mutuo y la posibilidad de afrontar juntos tanto las responsabilidades comunes como los problemas que puedan surgir. El Papa Juan Pablo II resume este comportamiento pastoral afirmando: «La comu­nión eclesial llevará al Obispo a un estilo pastoral cada vez más abier­to a la colaboración de todos» (PG, 44). Por ello, he procurado en nuestra Diócesis la promoción de los Consejos Pastorales Parroquiales y Arciprestales en los que deben colaborar desinteresada y generosa­mente las Hermandades y Cofradías. Por ello se constituyeron, hace ya años, las Agrupaciones Arciprestales de Cofradías como ámbito de comunión y diálogo donde procurar el conocimiento y tratamiento de las necesidades de estas asociaciones eclesiales, donde afrontar los problemas que puedan surgir y donde buscar juntos las directrices más oportunas para la andadura de cada asociación y del conjunto de todas ellas. Quienes prescinden de estos cauces de encuentro y diá­logo hace peligrar la propia comunión eclesial. Aprovechar todo ello, ofrece, en cambio, una experiencia positiva en beneficio de cada asociación y del conjunto diocesano; ayuda a plasmar en la vida diaria la Comunión efectiva que constituye el vínculo esencial de los cristia­nos.

Después de varios años de compartir con las Cofradías y Her­mandades sus anhelos, problemas, dificultades, ilusiones y decepcio­nes, convicciones y fidelidades, puedo decir que las conozco y apre­cio más, que voy descubriendo caminos por los que estas asociacio­nes pueden apoyar y enriquecer la acción evangelizadora tan impor­tante y urgente en nuestro tiempo y en nuestros ambientes. Cuando contemplo estas posibilidades que encierran, y cuando me fijo en el avance logrado en su aprovechamiento y desarrollo, la preocupación por las Cofradías y Hermandades se convierte en esperanza. Así lo vivo, cada día más, a medida que va siendo más amplia e intensa mi relación con los cofrades conscientes y responsables. Puedo decir con toda verdad, que soy testigo de un claro avance de las Cofradías y Hermandades en su vinculación eclesial, en el interés por cultivar sus esencias, y en realizar, con respecto a las prescripciones eclesiales, aquellas iniciativas que les afectan como asociaciones internas a la Iglesia.

Es cierto que no todas las Cofradías caminan al mismo ritmo. También es verdad que no todos los Cofrades son conscientes de su identidad y de sus deberes. Sabemos, también, que existen casos, especialmente despreocupados, que no prestan atención a las exhor­taciones, a la normativa y a las ayudas que ofrecemos a las Cofradías y Hermandades. Existen algunas de estas asociaciones cuya atención a los propios Estatutos es muy deficiente. Pero el testimonio de los buenos cofrades, la acertada acción de muchísimas Juntas directivas, la dedicación atenta de muchos consiliarios, y la oración de unos por otros, hará que este avance ya notorio, culmine en una renovación cofrade verdaderamente ejemplar.

Al dirigirme a vosotros en esta ocasión, queridos miembros de las Cofradías y Hermandades, os pido y espero de vosotros que re­flexionéis y hagáis un esfuerzo para recuperar las propias esencias cofrades y contribuir al crecimiento y renovación de nuestra Iglesia Diocesana.

Con mi bendición pastoral,
Santiago García Aracil. Obispo de Jaén

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